Persona a persona
- Signatura: ROG-PER
- Ejemplares: 1
- Edición: Buenos Aires: Icalma, 2001
En la experiencia humana hay una profundidad natural poco conocida para el hombre exterior y social. El hombre buceará en ella a fin de sacar a la superficie parte de sus modalidades y de su lenguaje únicos, de su actitud singular frente al mundo exterior. La terapia centrada en el cliente es un medio de dejar emerger, desde esta hondura, algunos de los significados personales.
Carl Rogers entró a la casa del hombre por la puerta de la ciencia, pero se encaminó en derechura hacia lo ideográfico, hacia la vivencia y descripción de ese mundo singular que constituye la persona. La suya es una orientación humanista. Lo principal de su método radica en que el «cliente» (como prefiere llamarlo) deje de estar aislado en su singularidad y encuentre en el terapeuta un compañero comprensivo.
A veces se emprenden trabajos de psicología científica pasando por alto la experiencia humana que se pretende estudiar, o constriñéndola en la respuesta a un cuestionario. Se encasilla al sujeto en un formulario fijo, cuyos datos luego se procesan para llegar a algunos enunciados generales sobre las personas. Pero el único formulario completo es la propia vida del individuo, que apenas si puede leerse y menos procesarse como estadística. Importa reconocer que la fenomenología de una vida no es científica, si bien puede suministrar datos a la ciencia como las rocas los suministran al geólogo. La primera acción del científico debe ser encontrar la roca.
Este libro gira en torno a siete trabajos de Rogers y algunos de sus colaboradores, que parten del supuesto de que el ser humano subjetivo tiene una importancia básica y, sea cual fuere su calificación o evaluación, ante todo es una persona, no una simple máquina ni un mero conjunto de vínculos entre estímulos y respuestas.
Y puesto que lo que principalmente interesa es la reacción del lector como persona, se apeló al método algo insólito de registrar, precisamente, las reacciones de una persona, una mujer –Barry Stevens–, que con el solo título de su desarrollo personal, su larga amistad con Rogers y sus condiciones de escritora deja correr sus asociaciones de ideas ante los temas planteados en cada uno de esos trabajos. No los comenta ni critica, sino que trasmite los sentimientos, sensaciones y pensamientos que su lectura le deparó. En sus palabras, lo que encontramos no es tanto el conocimiento cuanto la sabiduría.
A la manera en que lo hizo en otras oportunidades –su libro Grupos de encuentro, publicado también por nuestro sello, es un antecedente similar–, Carl Rogers cede la palabra a alguien que recorrió, gracias a la terapia que sigue su orientación, un largo camino de fructífera evolución personal, y lo ofrece como experiencia válida.
El objetivo de este libro es que cada cual aprenda a elaborar, expresar y vivir más plenamente lo que significa ser humanos. Y que, dominando su impaciencia –como el niño debe dominarla frente al capullo que, cerrado aún, aguijonea su curiosidad–, pueda dejar que la vida se abra sola en derredor a él, sin forzarla, «jugando alegremente con ese abrirse suave, esencial para su propia flor».
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