Este año ha sido especialmente relevante para la Comisión que coordina, tanto por la puesta en marcha del Protocolo antiabusos como por su participación en el proceso “Ser y Pertenecer”. Para empezar, ¿cómo valoras este año de trabajo y qué ha supuesto para la Comisión?
Este año ha sido, sin duda, uno de los más significativos desde la creación del Comité. Ha supuesto un punto de inflexión: pasamos de un trabajo más centrado en la gestión de casos y la revisión normativa, a una acción con mayor alcance institucional, pedagógico y cultural. La aprobación del nuevo Protocolo para la prevención, detección y actuación ante situaciones de violencia, prácticas abusivas y discriminación marcó un antes y un después, porque no solo dota a la AETG de un marco ético y operativo claro, sino que también invita a toda la comunidad gestáltica a reflexionar sobre el ejercicio del poder, el consentimiento y los límites en los espacios terapéuticos y formativos.
Para el Comité ha sido un proceso exigente y, a la vez, profundamente transformador. Implicó revisar nuestras propias prácticas, sostener tensiones, aprender a trabajar de forma intercomisional y mantener una escucha constante hacia las personas asociadas y hacia las escuelas. Desde lo personal, ha sido también un aprendizaje sobre cómo cuidar la función institucional sin perder el contacto humano, el sentido ético y la mirada gestáltica que nos recuerda que toda transformación empieza por reconocer lo que es, sin negarla ni maquillarla.
Hablemos del Protocolo de prevención, detección y actuación ante situaciones de violencia, prácticas abusivas y discriminación. ¿Cuáles dirías que han sido los principales retos en su implementación dentro de la AETG y en las escuelas avaladas?
El mayor reto ha sido, sin duda, sostener la complejidad que conlleva un cambio estructural y cultural de esta magnitud. El Protocolo no es solo un texto normativo, sino una herramienta viva que interpela prácticas y modos de relación muy arraigados en el ámbito terapéutico y formativo. Dentro de la AETG, el desafío ha sido traducir los principios éticos en procedimientos claros y accesibles, garantizando que las actuaciones sean coherentes con la mirada gestáltica y con los marcos legales actuales. Esto ha implicado mucho trabajo de coordinación entre comités, comisiones y Junta, así como una escucha activa hacia las personas asociadas que, en muchos casos, se acercan por primera vez a un protocolo de este tipo.
En las escuelas, estamos aún en proceso de implementación. Cada una debe adaptar el Protocolo a su realidad concreta, desarrollando sus propios mecanismos de prevención y actuación, en coherencia con los principios de la AETG. Este proceso requiere acompañamiento, formación y tiempo: no se trata de “aplicar” un documento, sino de incorporarlo como cultura de cuidado y responsabilidad compartida. Desde lo personal, diría que el reto más profundo ha sido sostener la tensión entre el rigor institucional y la compasión. Cuidar a una comunidad implica también responsabilizarse de los daños cuando se producen, pero hacerlo desde la reparación y no desde la condena.
Uno de los hitos recientes ha sido el inicio de las formaciones a escuelas sobre el nuevo protocolo. ¿Cómo está siendo recibido este proceso formativo? ¿Qué reacciones o aprendizajes destacarías?
El proceso formativo está siendo recibido con interés y, a la vez, con la cautela propia de un cambio que toca prácticas y culturas institucionales. Hay conciencia de necesidad y también preguntas muy concretas sobre “cómo llevarlo a tierra” en cada escuela. Una precisión importante: la recepción es heterogénea. Algunas escuelas ya han iniciado su aterrizaje y piden acompañamiento específico; otras están en fase de organización interna, y también aparecen resistencias y temores comprensibles (tiempos, recursos, dudas sobre impactos en dinámicas docentes). Todo ello es esperable en un proceso de implementación que apenas comienza y que requiere adaptación a cada realidad.
Nuestro enfoque en las formaciones no es “manualizar” procedimientos, sino abrir un espacio seguro de reflexión: poder, límites, consentimiento, cuidado, y el papel de la autoridad en los grupos. Trabajamos con supuestos y escenarios, no con casos singulares, respetando la confidencialidad y evitando revictimizar. El objetivo es que el Protocolo se entienda como cultura de cuidado y corresponsabilidad, no solo como obligación formal. Como aprendizaje, diría que cuando conectamos el marco ético-legal con la mirada gestáltica y la práctica cotidiana, se reduce la sensación de amenaza y aumenta la disposición a revisar hábitos. Y también que este proceso necesita tiempo, formación y acompañamiento: no se trata de “cumplir”, sino de integrar.
Más allá de la normativa, el Protocolo implica un cambio cultural profundo dentro de la AETG. ¿Cómo se está trabajando esa transformación desde el Comité?
El cambio cultural es, probablemente, el corazón de este proceso. El Protocolo establece marcos, pero lo verdaderamente transformador es cómo los encarnamos: cómo entendemos el poder, cómo gestionamos los conflictos, cómo escuchamos las voces que antes no se escuchaban y cómo reparamos cuando algo se ha roto. Desde el Comité, ese cambio se trabaja desde varios planos. Uno es el formativo y pedagógico, generando espacios de sensibilización que invitan a mirar más allá de la letra del Protocolo y a reconocer las dinámicas relacionales y estructurales que pueden sostener prácticas abusivas o discriminatorias, muchas veces de forma inconsciente. Otro plano es el de la escucha y el acompañamiento, que implica sostener situaciones reales con rigor, confidencialidad y humanidad, evitando respuestas automáticas o punitivas.
También hay un trabajo más invisible, pero esencial: el de la coherencia institucional. No podemos promover una cultura del cuidado si internamente no cuidamos la forma en que nos vinculamos, tomamos decisiones o gestionamos las tensiones. En este sentido, el Comité busca ser un espacio que modele lo que propone: actuar con responsabilidad, presencia y humildad, sabiendo que cada caso, cada escucha y cada conflicto son oportunidades de aprendizaje colectivo. La transformación cultural no se decreta: se va gestando a través de muchas conversaciones, decisiones y gestos cotidianos. Y, como en la terapia Gestalt, requiere sostener la incomodidad de lo nuevo sin perder la confianza en el proceso.
En paralelo, el Comité ha tenido un papel importante en el proceso “Ser y Pertenecer”, que busca revisar la estructura y pertenencia dentro de la AETG. ¿Cuál ha sido su contribución en este proceso participativo?
Nuestra participación en Ser y Pertenecer ha sido la misma que la del resto de comités y comisiones: una colaboración activa dentro de un proceso colectivo que busca repensar quiénes somos como asociación, cuál es nuestro lugar en el ámbito profesional y cómo queremos sostener nuestra identidad gestáltica de cara al futuro.
Desde el Comité aportamos una mirada centrada en los valores éticos, la responsabilidad institucional y el cuidado de los vínculos. Participamos en los cuestionarios y espacios de diálogo abiertos por el grupo motor, compartiendo reflexiones sobre aspectos como la seguridad jurídica, la claridad en la comunicación con las personas en formación y la necesidad de mantener la esencia integradora que dio origen a la AETG. No se trató de un rol protagonista, sino de una presencia comprometida y coherente con nuestra función: acompañar, escuchar y cuidar que los procesos participativos se desarrollen en un clima respetuoso y con atención a la diversidad de perspectivas. En ese sentido, fue una experiencia de comunidad, de escucha mutua y de pertenencia en acción.
El nuevo nombre del Comité —Comité de Tramitación de Reclamaciones, Acompañamiento y Escucha— refleja un enfoque más integral y humano. ¿Qué significado tiene para ustedes esta ampliación de funciones y esta nueva denominación?
Venimos del antiguo Comité de Mediación y el cambio de nombre no es cosmético: nombra mejor la función real. En el centro están la escucha, la protección y la tramitación de reclamaciones con rigor ético y procedimental. Es importante subrayarlo: cuando hay violencia, prácticas abusivas o discriminación, no trabajamos a través de la mediación. En estos casos, el recorrido es: escucha segura, valoración/investigación, medidas de protección, resolución y, si procede, reparación. En conflictos sin violencia, aún con asimetrías de poder, puede explorarse la mediación u otras vías dialógicas si hay voluntariedad, seguridad y reconocimiento explícito de la asimetría. Esto no sustituye la responsabilidad disciplinaria cuando corresponda.
Incluir Escucha y Acompañamiento desplaza el foco de lo meramente sancionador hacia una cultura preventiva y relacional: prevenir daños, evitar la revictimización, orientar con claridad y sostener los límites que cuidan a la comunidad. Cuando hablamos de “reparación”, nos referimos a procesos restaurativos con condiciones estrictas (seguridad, voluntariedad, no impunidad) que nunca sustituyen la responsabilidad disciplinaria cuando corresponde. Aprender a implementar una cultura de reparación y restauración no depende solo de aplicar el Protocolo, sino también de una sensibilización continua y del reconocimiento del valor intrínseco de cada persona en todos nuestros vínculos.
En lo personal, este cambio nos recuerda que nuestra tarea no es “gestionar casos”, sino cuidar el tejido comunitario: hacer compatibles la responsabilidad y la humanidad, la precisión técnica y la sensibilidad en el trato.
Este año también se creó una bolsa de apoyo al Comité, compuesta por personas asociadas con formación en acompañamiento y perspectiva de género. ¿Qué papel está desempeñando esta red y cómo se articula con el Comité?
La bolsa de apoyo nació para dar capacidad y cuidados al sistema cuando hay picos de trabajo o situaciones que requieren especialización. No es un “órgano paralelo”, sino una red de personas socias con formación en acompañamiento, perspectiva de género e interseccional, y sensibilidad hacia procesos informados en trauma. Su papel principal es doble:
Refuerzo técnico y humano: apoyo en tareas concretas (entrevistas, sistematización de información, preparación de borradores técnicos), siempre bajo supervisión del Comité y con estricta confidencialidad.
Cuidado del cuidado: sostener el clima, velar por no revictimizar y detectar necesidades de protección o ajustes razonables durante el proceso.
La articulación es sencilla y con límites claros:
Activación por caso: el Comité convoca perfiles adecuados, aplica declaración de incompatibilidades, y define rol y alcance de la colaboración.
Marco ético-procedimental: confidencialidad, garantía de no represalias y enfoque de protección de la persona afectada. Ninguna persona de la bolsa decide medidas; las decisiones corresponden a los órganos competentes.
Marco de actuación: la bolsa no hace terapia, no valora clínicamente a las partes y no sustituye los cauces disciplinarios.
Cuidado de equipo: rotación para evitar sobrecarga, supervisión periódica y espacios de devolución para aprender del proceso sin exponer a nadie.
En lo personal, valoro que esta red ha traído oxígeno y pluralidad: más manos para escuchar mejor y más miradas para sostener la complejidad, sin perder el rigor ni el cuidado, y que además colaborará en el seguimiento de la aplicación del Protocolo.
En un contexto en el que las entidades profesionales están siendo cada vez más exigidas en términos éticos y de responsabilidad social, ¿qué mensaje le gustaría transmitir a las personas asociadas sobre el compromiso ético de la AETG?
El compromiso ético no es un marco externo que se nos impone: es parte esencial de nuestra identidad como comunidad gestáltica. No se trata solo de cumplir normas, sino de sostener una práctica viva, coherente y responsable en los vínculos que establecemos, dentro y fuera de los espacios terapéuticos y formativos.
La ética no se reduce a un código; se encarna en las decisiones cotidianas, en cómo usamos el poder, cómo acompañamos el dolor, cómo escuchamos el límite y cómo respondemos cuando algo se quiebra. En ese sentido, el nuevo Protocolo y la labor del Comité no vienen a fiscalizar, sino a cuidar la confianza colectiva: ofrecer marcos claros, accesibles y justos para que podamos sentirnos seguros y responsables a la vez.
Nuestro desafío, como asociación, es mantener viva una ética que no sea solo de cumplimiento, sino de presencia y responsabilidad compartida. Cuidar la ética es cuidar la Gestalt: significa permanecer atentos a lo que emerge, sostener la tensión entre libertad y responsabilidad, y reconocer que el poder de nuestra práctica está en la calidad del encuentro, no en la autoridad de quien acompaña.
Me gustaría transmitir que este compromiso ético no es una carga, sino una forma de dignificar nuestra profesión y nuestras relaciones. Es la manera más honesta que tenemos de honrar el legado gestáltico y adaptarlo a los tiempos que vivimos.
Para finalizar, ¿cuáles son los próximos pasos o prioridades del Comité de cara a 2026? ¿Qué objetivos se marcan tras este año tan intenso?
Una prioridad clara es revisar cómo colaboraremos en la instrumentación e implementación del Protocolo en las escuelas. Es un proceso que requerirá diálogo, acompañamiento y coordinación con la Sección de Escuelas y con la Junta Directiva, para asegurar que cada centro pueda adaptar el marco común a su propia realidad sin perder coherencia con los principios éticos de la AETG.
También queremos seguir fortaleciendo la función preventiva y pedagógica del Comité: ofrecer espacios de orientación temprana, formación y sensibilización en torno a temas como poder, consentimiento, límites, confidencialidad o perspectiva de género. No se trata solo de responder ante las vulneraciones, sino de cultivar una cultura del cuidado y la responsabilidad compartida.
Por último, continuaremos afinando los canales internos y la colaboración intercomisional, garantizando transparencia, coherencia y sostenibilidad del trabajo.
Si algo aprendimos este año es que los cambios estructurales necesitan tiempo, escucha y continuidad. 2026 será, en ese sentido, un año de maduración institucional: un tiempo para asentar las bases de una AETG más consciente, cuidadora y comprometida con su propia ética.