Al sentarme frente a cada cliente, veo a un ser humano completo, con todas sus heridas y dolores y con todos los recursos y la potencia para sumergirse en ellos, transitarlos y trascenderlos. En los procesos que acompaño, las personas generalmente aprenden a vivir plenamente lo que les sucede, también lo difícil o incómodo, y profundizan en las raíces de su sufrimiento para comprender, integrar y extraer también lo nutritivo de cada experiencia. Amar cada cosa como es supone un aprendizaje espiritual que cobra sentido al traerlo al plano más humano: el de nuestra cotidianeidad. El cuerpo, la emoción, el pensamiento, es lo que nos es propio como personas; el Ser, lo que nos hace una con el Todo, eso que nos habita y nos traspasa.
Acompaño a mis pacientes a humanizarse, a acoger, comprender y amar sus emociones, sus manifestaciones somáticas, y a pensar de un modo que les facilite la experiencia vital y, con suerte, también a contactar con el Ser, esa dimensión espiritual de la que solemos desconectarnos a lo largo del camino de la Vida.
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